martes, 14 de febrero de 2012

LA BUENA AMANTE


Tres muertes, en una ciudad donde pasaba poco y nada…
El bar estaba extraño, casi como si se sintiera incómodo de tener tantos concurrentes a esa hora. Había parroquianos sentados a más de la mitad de las mesas del lugar y por lo menos tres hombres más estaban acodados a la barra. Cuando Daniel entró, con ese pudor que nos envuelve cuando entramos a un lugar muy silencioso a las tres y media de la mañana, aunque sea un lugar público como ese, saludó con un mesurado “Buenas noches” y fue directo a la barra. Saludó nuevamente al dueño del bar con un discreto asentimiento de cabeza, pidió una triple medida de whisky con hielo –ni siquiera se molestó en pedir una marca en especial- y con el largo vaso lleno  se sentó a una de las mesas, donde ya había dos hombres. Daniel  estaba algo intranquilo, por varias razones… Una de ellas era el silencio abrumador que había en el bar y peor todavía, si se hablaba se hacía en susurros, tratando de no romper esa atmósfera de duelo que había, como si se estuviera en el velorio… Ciertamente parecían estar en él, con otra escenografía, otra decoración, pero era la misma tristeza, la misma melancolía, los mismos comentarios y la misma búsqueda póstuma de recuerdos de los que habían muerto. Pesaba también la terrible discusión que había tenido con su mujer cuando le dijo que iba a ir al velorio, por los comentarios de todas las chimenteras al día siguiente –algunas  seguramente estarían en la sala de duelo solamente para vigilar quién entraba y quién salía, y a partir de allí harían sus jugosas suposiciones- , por lo terrible de lo que había pasado, pues habían sido tres muertes en una ciudad pequeña, apenas más grande que un pueblo, donde pasaba poco y nada y en donde por supuesto todos se conocían  y algo más que en ese momento le pesaba como treinta kilogramos de plomo sobre cada pierna y era que nunca se había decidido a decirle que la quería tanto como para llevársela de allí, a donde ella quisiera, a hacer otra vida, distinta y mejor.
Finalmente le comentó a Juan y a Manuel, los dos con los que compartía la mesa:
-Me extrañó que Pedro tuviera abierto el bar… Iba decidido a ir hasta el negocio de Clarita…
Juan, con los ojos enrojecidos por un prolongado llanto que al parecer había suspendido apenas antes de entrar Daniel, le dijo –Él también es de los que están penando-
Daniel replicó -¿Era amigo de algunos de los difuntos?
Allí Manuel finalmente intervino –No me digas que no sabías…Era otro de los “socios”, como quieras llamarles… ¿Realmente no sabías o te estás haciendo el que no sabías?
-Claro que no tenía ni idea. Así que Pedro también… otro socio…¿Y van cuántos?
-Y calcula…Creo que somos unos ocho aquí –porque no todos están por ella- aunque creo que alguno falta…
-¡No puedo creer!
-¿Y qué?¿Pensaste que eras el único?
-No, tampoco eso pero, bueno, pensé que lo nuestro era especial…
-Claro que era especial…-lo interrumpieron los dos, y continuó Manuel- Era especial con cada uno de nosotros, por eso la queríamos tanto…
-¿Pero como era posible que tuviera diez o bueno, doce o trece o los que fueran, amantes al mismo tiempo y a la vez estuviera casada?
-Ella era así. Tú sabes lo que dicen de Dos Ríos, si eres bueno, te haces mas bueno, si eres malo, te haces mas malo…y tu sacas las conclusiones…
-No permito que hables así de ella –Juan estaba molesto-No todos buscábamos sexo con ella o no solamente eso…A veces alcanzaba con una charla, aunque solo fuera telefónica, para alentarte, darte esperanzas…
La conversación en ese punto ya había llegado a un volumen casi normal para una conversación, por lo que inevitablemente, con tanto silencio a su alrededor había de escucharse lo que decían…Fue entonces que un hombre de otra de las mesas se dió vuelta. Todos lo conocían, era el gerente de la compañía que suministraba electricidad a la población.
-El amigo tiene razón y me veo obligado a hablar- dijo -Ella no solo nos daba sexo ¡Y qué sexo por Dios! Sino también consejos y comprensión…
-¡Sí, es muy cierto!- casi gritó uno de los que estaba en la barra, que al parecer estaba algo pasado de alcohol y evidentemente también lloraba de a ratos…quien continuó diciendo –Ni mi mujer ni nadie, solo ella, me dieron ánimo cuando todo me estaba yendo horrible, cuando tuve el accidente y perdí mi trabajo, quizás alguno se acuerde. Si no hubiera sido por ella y sus consejos no estaría aquí ahora… me hubiera pegado un tiro hace rato…
-¡Ella era así, tan hermosa por fuera como por dentro!- dijo otro…

Daniel recordó como la había conocido, hacía ya tres años y cinco meses y veinte días…
Fue totalmente casual, pues nunca había pensado serle infiel a su esposa, o bueno, si pensado pero no había intentado llevarlo a la práctica. Su matrimonio hacía mucho que no andaba bien – se preguntaba ahora si alguna vez había funcionado bien- fundamentalmente porque su esposa nunca lo había apoyado en sus proyectos personales. Se quejaba de que el dinero no alcanzaba, pero hacía poco y nada para reducir los gastos. Cuando se presentaba alguna nueva oportunidad laboral nunca le animaba, nunca le decía “Adelante, yo te apoyaré en lo que necesites” y eso lo hacía sentirse muy inseguro. Se sentía solo, siendo responsable por él, por su mujer y por dos niños pequeños. Cuando esperaba o necesitaba ayuda para decisiones importantes, vitales, su mujer nunca estaba a su lado. Eso le pasaba y sobre eso meditaba en esos días que la conoció a ella. Y lo que ocurrió fue totalmente imprevisto…y extraño.
Estaba haciendo unas compras domésticas un sábado por la tarde, en un autoservicio. Iban con él sus dos niños, lo que suponía estar muy atento. Hacer las compras, eligiendo los productos adecuados, ver precios y además cuidar que los niños no se alejaran y que no hicieran algún desastre era las cosas que ocupaban toda su atención. Fue así que mientras llevaba su mano a un enlatado de la estantería uno de sus niños hizo algo que lo distrajo momentáneamente y su mano tocó la de una atractiva chica que también quería ese producto. No fue más que un roce o eso le pareció a él, pero ella lo miró fijamente y le dijo:
-No estés tan deprimido, todo tiene solución…
-¿De qué hablas?
-De que no es necesario tomarse las cosas tan a la tremenda. Tu vida tiene muchas cosas lindas, a pesar de las penas… y de la soledad.-
No podía creer lo que la mujer le estaba diciendo, pero era como si le hubiera leído su estado de ánimo.
-¿Cómo sabes todo eso?¿Cómo te llamas?
-Lo sé porque tengo esa habilidad… la de ver el interior de las personas, sobre todo cuando están apenadas por algo. Me llamo Luz…¿Quieres mi teléfono así hablamos algún día de estos? Yo tampoco, como ves, me puedo distraer mucho- dijo, al tiempo que una hermosa niña, y bastante tranquila comparada con los hijos de Daniel, se paraba a su lado-
-Sí, agradecería tu teléfono, y hablar contigo y quizás verte… Gracias.
Anotó los números de la chica, el de su casa y el de su móvil y se despidieron con una mirada. Pagó su compra y se notó confuso por horas después de haber regresado a su casa, por varias cosas, por lo que había dicho Luz y sobre todo por algo que había en ella, algo, algo que no sabía que era, como una fuerza interior, como una verdadera luz interna, que por unas décimas de segundo lo había tocado. Luego pensó en llamarla, como algo que tenía sin duda que hacer, pero no, no era la hora apropiada seguramente…¿a qué hora no estaría su esposo? Porque seguramente con una niña era una mujer casada y siendo tan hermosa como era, su marido sería terriblemente celoso. Él, de haber estado casado con una mujer como aquella lo hubiera sido sin duda. Esperó hasta el otro día y a las nueve y treinta, cuando finalmente la llamó al móvil, ya no aguantaba más de la ansiedad. La voz le temblaba cuando sintió el “Hola ¿quién habla?”, al otro lado.
-¿Hablo con Luz?
-¿Sí, quién habla?
-Soy Daniel…nos conocimos mientras hacíamos compras, ayer por la tarde…
-Ah, sí, te recuerdo…¿Cómo estás? Pensé que habías perdido mi número…
-No…Quería llamarte ayer mismo pero pensé que quizás tenía que esperar una hora apropiada pues, bueno, no sabía si eras casada o no…
-Hiciste bien, si, soy casada y mi marido es muy celoso…pero también quiero ayudarte…
-¿Ayudarme? ¿Cómo sabes que necesito ayuda?
-Sentí tu tristeza… y tu mujer condiciona su apoyo a tu éxito y eso no es del todo justo, teniendo en cuenta que vienes sufriendo algunos tropezones financieros… ¿o no?
-Sí, pero… ¿Cómo sabes? ¿Y cómo puedes ayudarme?
-Puedo darte ganas, puedo darte fuerzas, puedo darte comprensión… y todo comenzará a ir mejor…
Daniel quedó un momento pensativo. No sabía bien qué decir…
-¿Pero a cambio de qué? ¿De dinero? ¿Por qué harías algo así?
-No es fácil de entender, ni siquiera para mí, pero esa es mi misión…Dar fuerzas, alentar, aconsejar, comprender, suministrar a otros parte de esa energía que circula por mi gracias a no se que poder…
-Es cierto que es difícil de creer lo que dices, pero me sucedió algo muy extraño cuando me tocaste ayer… y es que me pareció que todo estaba algo mejor… algo cambió, para bien.
-Me alegro. Tengo que ayudarte, eso es todo lo que quiero y para eso tenemos que encontrarnos…
-Cuando quieras, hoy mismo quizás… ¿Y como funciona este tratamiento, si lo puedo llamar así?
-Necesitaré cuatro o cinco sesiones algo seguidas para encaminarte y luego nos encontraremos una vez por mes…Así será…
-¿Pero cómo puedes estar tan segura?
-Lo sé… mi misión es curar y no eres la primera persona, ni tampoco la última, a la que voy a ayudar…
-¿No soy el único?
-¿Cómo podrías serlo? Tengo una misión y estoy obligada a ayudar a la gente… ¿A qué hora podemos encontrarnos?
-Esta tarde a las tres… ¿puedes?

Daniel recordaría con facilidad ese primer encuentro… En ese tiempo  no tenía coche –apenas una motocicleta-  y quedaron de encontrarse en un lugar muy poco transitado de uno de los  parques que rodeaban la ciudad, donde los espesos árboles oscurecían todo el entorno, aún siendo pleno día…allí había un viejo banco de metal y madera, sin respaldo, medio olvidado por los cuidadores, descascarada su pintura y con alguna telaraña entre sus patas…él pretendió llegar primero –diez minutos antes- pero ella lo estaba esperando…con un vestido verde manzana que le cubría poco de sus hermosas piernas, bonita, hermosa, un sol bajo la penumbra… -¿Quién eres?- le preguntó, antes que nada…
-¿Quién soy o qué soy? No necesitas la respuesta a ésta pregunta… solo tienes que saber que mi misión es ayudar… que nací para ayudar a gente como tú…siéntate frente a mí, por favor…- Se sentaron frente a frente, montados en el banco, mirándose a los ojos…. Ella, a poco de haberse colocado frente a el, mientras lo miraba tomó sus manos, pero no suave o tímidamente… las tomó con fuerza…
El, recibió sus manos calientes y algo como un choque eléctrico le sacudió de arriba abajo… instintivamente quiso soltar sus manos, pero ella no lo soltó… los cabellos se le erizaron y un hormigueo recorrió todos sus músculos…
-Tranquilo, tranquilo, solo deja fluir algo que estoy volcando en ti… imagina una luz que te recorre, poco a poco, todo tu ser… una luz brillante, una luz que te ciega si la quieres ver de cerca…¡siéntela!-
Y la sintió…fue un fogonazo, una serpiente luminosa que recorrió todo su cuerpo y lo dejó  limpio y brillante y casi como otra persona, algo nuevo y mejor y… ¡positivo! Todo podía lograrse, sí, porqué quedarse en donde estaba y con lo que tenía… ¡Todo podía lograrse si lo deseaba con suficiente intensidad!
A la vez sintió una necesidad, una urgencia… un alarido de su animalidad… y allí estaba ella… sus manos soltaron su cinturón y bajaron apenas su pantalón… y se sentó encima de él, de su perfectamente incontrolable necesidad… y tuvo sexo como nunca antes lo había tenido… sin ser para nada religioso o místico, sabía que lo que había tenido estaba fuera de lo que podía describirse, demasiado bueno, demasiado potente, demasiado…
La abrazaba aún con fuerza cuando ella le dijo –Tenemos que irnos-
-¡No,no, todavía no!
-No podemos quedarnos más aquí, en pocos minutos vendrá gente a esta zona del parque-
-¿Cómo lo sabes?
-Lo sé… -dijo y se soltó de su abrazo y se bajó de sus piernas y se arregló su ropa…
-¿Nos veremos nuevamente?- preguntó él, ya con un vacío en su estómago… sabía que solo podría llenarlo con un sí…
-Claro, seguiremos lo planeado… cuatro veces más y luego una vez por mes… y no temas… tu vida cambiará a partir de ahora…
Y se marchó, aunque después de darle un suave beso en una mejilla…

Y su vida cambió… ¡Y cómo cambió! No era que las ofertas de trabajo llovieran de un día para el otro… lo que pasaba era que ahora estaba seguro de que, siendo constructor como era, cada trabajo era el peldaño hacia otro y hacia otro y así, y cada uno de estos escalones debía ser bueno, excelente… y se esmeraba y lo hacía todo con unas ganas y un cuidado que nunca antes había imaginado poseer y cada vez tenía más trabajo y más y más… todo era posible…en pocos meses logró finalmente construir su propia casa y compró un automóvil de paseo de segunda mano pero hermoso, una camioneta para ir a trabajar, luego un camión para transportar materiales de construcción de aquí para allá…era otra persona…un exitoso empresario. Trabajaba, eso sí, trabajaba muy duro, jornadas largas, exigiéndose constantemente en la calidad…pero valía la pena, vaya que valía la pena…y Luz… Se veían, como ella había dicho, una vez por mes, en distintos lugares…a veces lejos de la ciudad, en algún hotel y pasaban el día juntos…la adoraba…y le hacía preguntas, siempre tenía preguntas para hacerle…por qué hacía eso, cuántos amantes tenía – cómo le molestaba usar la palabra amante, porque era mucho más que eso… para él Luz no era una amante, era una bendición-, qué decía su marido de lo que hacía, si alguna vez se había enterado de sus “aventuras”, cómo era que podía ayudar así a la gente, que sentía ella por él y por sus otros “amigos”…Le molestaba un poco –bastante- la ambigüedad de la situación…porque si bien el era su amante y sabía que tenía otros amantes, no sabía si exactamente eran eso o algo más…¿Cómo llamarlos? ¿Amigos? ¿Pacientes? ¿o “socios”, como se llamaba irónicamente a los que compartían el amor de una misma mujer?
Y Ella, ante sus preguntas y dudas, cuando tenían tiempo le contestaba… no los veía como amantes…para ella eran solo personas a las que tenía que ayudar…su marido no estaba muy seguro de lo que ocurría, pero algo sospechaba… y no le gustaba hablar mucho de su marido, tenía cierto mal presentimiento con él…
Daniel le preguntó una vez si su magia funcionaba con su marido y le dijo que no… que con él estaba por otra cosa…pero nunca le dijo porqué…
-No recuerdo exactamente como comenzó esto –le dijo una vez, respondiendo una de sus preguntas- Cuando fue que comencé a sentir esa energía y esa necesidad de hacer lo que hago, de ayudar a quien necesitara ayuda… el sexo es solo liberación, es la trampa que se suelta, es el vínculo animal que nos une…
-ella había entrecerrado sus ojos mientras hablaba, el se sintió raro con ella hablando así-
-Existen varias clases de comunicación entre las personas, porque nosotros no somos solamente animalidad, o solamente sentimientos, o solamente espíritu y para comunicarse plenamente no tenemos que usar solamente una forma… por eso el sexo, la penetración y el orgasmo…que me encanta y a ti seguro que te gusta…
El la miraba boquiabierto… ¿que si le gustaba? ¡le encantaba, toda ella le encantaba!…carraspeó –Ten la seguridad que me gusta…¿a quién no le gustaría amarte?
¿A quién no le gustaría amarla? Pero no siempre podían conversar… en esas veces que se veían, cada treinta días, no siempre había tiempo para hacerlo…
 Recordaba nítidamente la última conversación que habían tenido, pues si bien no fue la última vez que la vio si fue la última vez que tuvieron oportunidad de charlar con cierta tranquilidad. Esa conversación le quedó grabada profundamente en su memoria y lo hacía estremecerse ante lo cerca que había estado de hablarle de todo lo que quería decirle desde hacía mucho tiempo. Como una vez le había preguntado porqué le temía a su marido, ese día ella le contestó…
-Tu sabes tan bien como yo que en Dos Ríos pasan cosas extrañas, todo el tiempo y todo a nuestro alrededor. El crecimiento de las cosas no es normal, el clima no es normal y hay personas, como yo, que tampoco son normales… pero no es lo que se ve lo más extraño, es lo que no se ve… ¡Es lo invisible!
Daniel le dijo- Se que es un lugar extraño, que a veces pasan cosas raras, cosas que no tienen explicación, pero estamos acostumbrados a que así sea…Se dice que los buenos se hacen más buenos y los malos más malos…
-¡Ja,Ja! –se rió ella- Ojalá fuera tan sencillo como eso, pero no lo es…
-¿Y entonces que sucede?
- Algo sencillo de decir y no muy fácil de entender…aquí reinan tres poderes, que son los que cargan de energía toda esta parte de la tierra, todo Dos Ríos…estas fuerzas se identifican con la Luz -o el día-, con la Oscuridad -o la Noche- y el pasaje de uno a otro,  el amanecer y el atardecer… viven aquí en equilibrio desde hace mucho tiempo, pero este equilibrio no significa no movimiento, al revés…
-¿Y esa energía que nos dás, la sacas de ellos, de esos seres que dijiste?
-Si, pero no son solamente seres…es más complejo que eso y no se tanto…
-No sabes dices pero sabes bastante…, diría que más que la mayoría de nosotros…¿cómo averiguaste todo eso…?
-Bueno, trabajo con esa energía, me conecto con ella, digamos que la manejo y he hablado… bueno, he hablado con gente que ha tenido experiencias parecidas…
-¿Y con cuáles de ellos te llevas mejor?¿Quién te ayuda?
-¿Mi nombre no te dice nada?
-¡Luz!¡Claro!¡Por eso nos ayudas, porque ellos están del lado del bien!
-¡No, cielo, no, no es tan así tampoco! Ellos no ven las cosas igual que nosotros… por lo que sé la Oscuridad no es solo Maldad, ni la Luz todo Bien, aunque a nuestros ojos pueda parecerlo.
-Bueno, hasta aquí entendí, por lo menos una parte… ¿y tu marido qué?
-Te dije que el equilibrio es cambio…lo que sucede allá afuera en cierta forma es una guerra, una en la que siempre terminan empatados…una en la que creo que yo voy a caer…
-¿A caer?- dijo el hombre alarmado -¿A caer porqué?
-Nadie puede hacer el bien o el mal por mucho tiempo, los demás no lo dejan, ni tampoco les gusta que nosotros manipulemos para algunas cosas su energía…y yo he hecho mucho bien, de eso me doy cuenta ahora…
-¡No digas eso, por favor, que me dan ganas de llorar! ¿Qué te puede pasar?
-No sé, pero creo que mi marido tiene que ver con eso…

Y así, pasó lo que tenía que pasar. Ella lo presentía… pero extrañamente el error fue de ella, claro… nunca tendría que haber invitado a aquel hombre a su casa, pero seguramente tuvo razones para hacerlo, quizás estaba desesperado, quizás necesitaba con urgencia su ayuda, quizás… la niña estaba en la escuela a esa hora y se suponía que no habría mayores problemas, pero su marido apareció cuando ellos todavía estaban acostados… había dicho en el trabajo que necesitaba ir a su casa porque se sentía mal, estaba mareado e incluso que tenía un mal presentimiento…vaya que mal presentimiento, el de tres muertes… cuando se dio cuenta de lo que pasaba tomó un revólver de grueso calibre que tenía sobre un armario, revisó la carga y fue directamente al dormitorio, tres balazos a cada uno, el último a la cabeza…luego cargó el arma nuevamente y allí, sentado en el comedor puso el caño en su boca y se disparó.

Daniel recordaba…y comenzó a llorar. No era hombre de hacerlo, no porque pensara que era menos hombre por eso sino simplemente porque las penas se guardaban, no se mostraban… pero los recuerdos abrieron una puerta en su corazón, por donde entró una horrible sensación de vacío que no pudo dominar… enterró la cabeza entre sus brazos y sollozó como un niño…
Varios se levantaron y tocaron su espalda, como dándole ánimos, pero no había ninguno allí que no sintiera lo que el sentía…
 De pronto, suspirando profundamente, con los ojos enrojecidos por el incontenible llanto que había podido finalmente dominar, Daniel dijo       -¿Cuándo volveremos a conocer una mujer así? ¿Qué será de nosotros ahora?
Y se miraron…
Habían sido tres muertes, en una ciudad en donde pasaba poco y nada…

                                               FIN

miércoles, 4 de enero de 2012

LOS RETRATOS


Llegaron una tarde tan tranquila y fresca como eran todas las tardecitas de marzo en ese caserío. El mapa hecho a mano, que llevaban con las referencias más importantes para llegar a la casa, era tan preciso que no tardaron en estar frente a su puerta.
El descuidado parquecito, con sus malezas, la hojarasca, los canteros abandonados, los árboles sin podar y el friolento anochecer sacudieron sus cimientos sedentarios y no mejoró tampoco su ánimo al entrar a la casa, pues sabido es que nunca es agradable un lugar que además de desconocido ha estado abandonado durante largo tiempo. Después de haber bajado del coche algunas cosas indispensables –lo demás quedaría para la mañana-, no estuvieron mucho rato más despiertos. El cansancio del viaje y cierta intención de esperar el día para entendérselas con la morada los hizo buscar un dormitorio, preparar la cama y dormirse rápidamente.
Al despertar todo era diferente. Lo que vieron, a pesar de su polvoriento abandono, tenía un no sé qué de hogar y al abrir las ventanas se esfumaron definitivamente las amenazantes sombras de la noche anterior para dar lugar a la agreste vegetación alguna vez domesticada de un jardín. Luego de la descolorida valla, las verdes praderas salpicadas aquí y allá por islotes de eucaliptos eran la colorida vista que los acompañaría mañana a mañana, cada vez que recién levantados abrieran la ventana de su dormitorio. Más lejos y marcando el límite de la pradera, los espesos bosques ribereños de uno de los grandes ríos que encerraban la región vecina eran, mirados desde allí, negras y lejanas murallas que defendían vaya a saber qué reino extraño.
Soñolientos todavía y asomados a la gran ventana del dormitorio que ubicado en la segunda planta, daba al frente de la casa, los envolvió la paz y la tranquilidad de un hermoso día en un hermoso lugar. Espontáneamente se habían abrazado sin dejar de contemplar su salvaje parque donde trinaban un sinfín de aves.
-¿Qué te parece?-preguntó ella, apretando un poco más su brazo.
-Creo que es la medicina que estábamos necesitando, un bálsamo…
-Un antídoto contra esa ciudad que ya nos estaba mordisqueando hasta el alma- dijo la joven, un poco con rabia, un poco con resentimiento -¿Crees que encontrarás lo que buscas?- continuó diciendo.
-¿Tranquilidad o inspiración?
-¿Por qué no ambas cosas? 
-Será que no siempre van de la mano… Pero estoy seguro, no sé por qué, que aquí estoy cerca, muy cerca, de La Musa Esquiva, como habría que llamarle.
-¿Te agrada entonces la casa?- Había sido ella la que había pedido prestada la casa a una pareja de amigos, jóvenes como ellos y que casi nunca iban al campo. Por eso se sentía responsable y algo inquieta por la opinión de su pareja…

Las cosas hacía tiempo que se les habían puesto difíciles. Aunque los dos rondaban los treinta años de edad habían tenido una forma bastante despreocupada de vivir. El era uno de los pocos privilegiados pintores que lograba obtener cierto dinero por sus cuadros. Ese dinero y el empleo de oficinista de ella les daba lo suficiente para llevar una existencia a tono con sus informales pretensiones. Pero de pronto dejó de pintar. Ya no se sintió capaz de llevar ningún pensamiento a las telas, ni captó más realidades con sus colores, antes tan expresivos, otrora tan amigos.
El dinero comenzó a faltar. El se desesperaba tratando de pintar algo, rabiaba, no dormía, casi no comía y no fueron pocas las veces que cuando ella llegó del trabajo lo encontró llorando de desesperación. Estaba intratable. Al principio el sexo funcionó como una terapia para ambos pero luego, como si fuera otro síntoma indeseable de esa especie de enfermedad que lo aquejaba, su cuerpo dejó de responder a las necesidades de su compañera o a las de él mismo. Pero a pesar de la creciente tensión, a pesar de las mutuas decepciones y de alguna velada recriminación no se separaron. Quedó claro que no solo el sexo los unía y aunque estaban abrumados por el cariz que había tomado su existencia en común se dieron cuenta de ello y sacaron conclusiones: aunque nunca habían creído mucho en el amor, se amaban y no podían permitir que una crisis, por fuerte que pareciera, los venciera.
Fue en ese momento que se sintieron más unidos que nunca y que comenzaron a luchar para salir del terrible pozo en el que parecían haber caído. Pocos días después ella apareció con la noticia de que había conseguido una casa –una hermosa y antigua casa-quinta según le habían dicho-, lejos de la ciudad –también le habían dicho, un poco en broma, que estaban lejos de todo- y a donde podían ir si lo deseaban. No hubo ni discusiones ni profundos análisis… bastó una mirada y comenzaron a hacer las maletas. Cargaron todo –incluyendo abundantes lienzos, pinturas y el caballete- en el desvencijado automóvil que les pertenecía –muchas veces hablaron de venderlo pero al final siempre desistían- y se marcharon.
Cuando salieron finalmente de la ciudad no pudieron disimular un profundo suspiro de alivio, que no sabían decir si era físico, mental o ambas cosas.
Jóvenes como eran y con la fuerza del sentimiento que los unía se sentían, por primera vez en largos meses, optimistas.

La pregunta lo arrancó de su ensimismada contemplación.
-¡Claro que me gusta!- contestó –Ya me siento mejor, más vivo, más capaz…
-Tienes que ver donde vas a instalar tu taller… Creo que hay otro dormitorio tan iluminado como éste del otro lado. Podríamos organizar allí tu campo de batalla, total, nadie excepto nosotros habitará este reino por lo menos durante seis meses, o por lo menos eso me dijeron.
-¿Por qué tanto apuro?- dijo él sonriendo -¡Tengo un hambre atroz y ni siquiera nos lavamos la cara. Además, tenemos el coche lleno de cosas para bajar –y agregó, con una vitalidad ya olvidada en él –Luego, antes de arreglar mis trastos, podríamos ir a conocer un poco del caserío ¿No dice el plano que hay una especie de minimercado o almacén de ramos generales? Podríamos visitarlo, por lo menos para ver si tienen algo exótico para comer.
Ella, soltando una sonrisa le abrazó, contenta por su entusiasmo.

El almacén era fácilmente ubicable, por lo menos de día. Quedaba a unos mil metros de la casa donde vivirían. Había una amplia superficie limpia de malezas y pastos frente a él y varios carteles anunciando bebidas refrescantes –algunas ya extinguidas- enmarcaban sus dos entradas. Junto a una de estas grandes puertas y atados a tres añosos árboles que sombreaban más de la mitad de la construcción, se hallaban dos caballos ensillados. Luego averiguarían que aunque en el interior no existía tabique o separación alguna, por esa puerta se entraba al bar, directamente al mostrador y a la mesa de billar, zona de hombres, de juegos de naipes, copas y charlas de carreras de caballos…
La otra puerta daba al almacén propiamente dicho.
Entraron con cierta cautela y titubearon ante los olores que luego llegarían a serles familiares y hasta simpáticos, pues a diferencia de la asepsia que por lo menos se pretendía en los grandes mercados de la ciudad allí los aromas flotaban libremente… vinos, quesos, embutidos, galletas de campaña, arreos y botas de cuero, ropa, algunas verduras y frutas de estación, junto con otros propios del bar cercano y alrededor del mostrador, que desde allí llenaban toda la estancia.
Los aromas y esa sensación de sentirse forasteros. Antes que observadores se sintieron observados, lo que aumentó un poco la incomodidad natural que sentían… Pero todo cambió cuando fueron atendidos por una señora de algunos cabellos canos, que de una puerta algo disimulada por las anchas estanterías había aparecido del otro lado del mostrador. La simpatía con que se dirigió a ellos los hizo sentir inmediatamente más cómodos. La presentación fué tan cordial que cuando lograron ser conscientes del encantamiento ya estaban saboreando dos formidables sándwiches de pan y embutidos caseros con una bebida refrescante frente a ellos. Mientras comían, la matrona trataba de enterarse de los datos indispensables de sus jóvenes clientes.
-¿Cómo se llaman? Ah, Miguel y Berta. ¿Se quedarán mucho tiempo?¿Hace mucho que son casados?¿No son casados? Bueno… ¿Hace mucho que viven juntos? ¿Tienen hijos? ¿No? Nosotros –dijo haciendo un gesto hacia el bar- tenemos una hija. Ese retrato se lo hizo mi marido Pedro, hace unos años –señaló un retrato de regulares dimensiones enmarcado en cuatro rústicas tablitas que estaban en la pared, entre diversas cosas, estantes, almanaques, muestrarios… Miguel se acercó interesado, dejando de masticar por un momento –habían llegado con un apetito atroz-. Lo miró detenidamente y dijo –Está hecho con… ¿bolígrafo azul? ¡Es precioso! ¿Dijo que lo hizo su marido?
-Claro, Pedro, el que atiende el bar. ¿Por qué, le gusta?
-Es que tiene una delicadeza y una perspectiva que…-quedó mudo unos instantes.
-Miguel es pintor- le dijo Berta a la señora.
-¿Pintor de qué, de paredes o de cosas?
-Pintor de paisajes y de cosas, bueno, no es retratista, no dibuja personas y –dijo sonriendo- también llegó a pintar las paredes de nuestro apartamento, aunque seguramente preferiría no vivir de eso.
En ese momento Miguel dijo –Quiero conocer a su marido y felicitarlo porque tanta exquisitez no es común, ni esperé encontrar algo así en un lugar como éste.
-Jovencito, que estemos alejados de las ciudades no significa que seamos unos brutos. Es más, la verdadera sensibilidad, verán, se adquiere aquí, en el contacto con la naturaleza, respirando de este aire… y bebiendo de un vino casero que hacemos con nuestras propias uvas –dijo finalmente sonriendo- que tienen que ver lo que es… ¡Ese vino es una exquisitez! Vamos a conocer a Pedro. No se preocupen de que no hable mucho porque cuida las palabras como si tuviera miedo de que se gastaran. Por eso yo hablo por los dos.
Don Pedro ciertamente era bastante parco, pero se notó orgulloso cuando el joven pintor lo felicitó por la belleza del retrato. Cuando le dijo que él también pintaba –aunque no dominaba el excelso arte de retratar-, una luz de interés le cruzó por el rostro y desde ese momento la base de una incipiente amistad quedó plantada entre los dos hombres. En esa oportunidad, sin embargo, no llegaron a cruzar más que un par de palabras pues cuando Miguel observaba a su alrededor vió algo que inmediatamente capturó su atención. Allí, entre una ventana que daba al campo y una gran estufa de chimenea, que lucía sobre una amplia repisa trofeos de competencias hípicas y de caza, estaban Ellos. En total eran más de una cincuentena, de tamaño mediano, que llenaban el enorme espacio que les había sido asignado. Los rostros, estaban la mayoría dibujados con la popular tinta azul de bolígrafo, pero había muchos con tinta negra de pluma fuente que les daba un toque más que expresivo. Justamente la expresividad de los rostros fué lo que más le llamó la atención a Miguel. Cuanto más contemplaba a uno y otro, más detalles descubría en ellos, detalles que no hubiera sabido describir con exactitud, así, con una vista rápida de ellos. Le cortó su ensimismada contemplación la matrona de la casa al decir:
-¿Dónde se están quedando?– Berta le contestó.
La señora siguió –Esa casa debe de estar un poco desarreglada ¿No, Pedro? ¡Habría que mandar a alguien para que les arregle un poco los canteros y los limpie de malezas y pastos! –Una especie de ruido afirmativo le respondió desde el mostrador. –Ahora  que recuerdo- prosiguió la mujer- podríamos decirle a Francisco, total, un poco de movimiento no lo va a matar.
Mientras la conversación se seguía desarrollando se iban alejando del bar hacia el otro lado, hacia los dominios de la dueña de casa. Miguel estaba obviamente contrariado porque quería seguir observando los retratos y preguntando acerca de ellos, pero parecía de obvio mal gusto cortar el amable interrogatorio al que la señora los seguía sometiendo. Sus edades, en qué trabajaban, en qué lugares habían vivido, sus anteriores experiencias en el campo, fueron algunos de los tantos temas que se tocaron en la charla, a la vez que ellos preguntaban tímidamente algunas cosas que les permitieran irse enterando del tipo de existencia de aquellas gentes, que en algunas cosas parecían tan distintas de ellos.
Cuando se retiraron a su nueva casa se sentían más del lugar, más cómodos. Desempacaron, cocinaron y se dispusieron a encarar esa nueva vida.

Los días fueron pasando. El ritmo de vida del lugar fué lentamente, hora a hora, día a día, metiéndose en ellos y fueron sucediéndose cosas que por su natural velocidad ocultaron parte de su importancia.
La casa donde vivían fue de a poco reacondicionada por Don Pancho, un asiduo concurrente al boliche. El parquecito mostró pronto su escondida civilización y su calma y frescura eran una invitación a la contemplación. Su vida social era más agitada de lo que hubieran esperado pues las visitas al almacén se hicieron diarias y más largas, prosperando cierta esperada complicidad entre las mujeres por un lado –pues sentían verdadera curiosidad por el tipo de vida de la otra siendo todo fuente de comentarios y cambio de puntos de vista- y los hombres por el otro, que pasaban gran parte de ese tiempo en el bar –o el lado masculino del negocio-, introduciéndose en temas tan nuevos para uno como viejos para el otro como eran las faenas del campo, esquilas, yerras, domas y criollas, pencas y el cultivo del trigo, la soja y del girasol. Allí la relación tomó algunos matices propios pues Don Pedro era por naturaleza algo parco de palabras y el joven pintor a veces se quedaba sin idea alguna para seguir una conversación. Quizás no había aprendido que los silencios enriquecen tanto una conversación como las palabras y de ahí que se inquietara a veces por las prolongadas pausas de Don Pedro, que con el vaso siempre a mano parecía rumiar alguna duda sobre el tiempo. A pesar de esas contrariedades el joven de a poco fue aceptado culturalmente, en la medida que podía llegar a opinar del clima como uno de ellos, o conversar sobre todas las cosas que son temas de intercambio en el ambiente campestre. Don Pedro estaba también complacido con el nuevo parroquiano aunque había algo del comportamiento de su joven visita que poco a poco estaba comenzando a incomodarle y no era ni más ni menos que cierta enfermiza manera de pasarse, al principio solo unos minutos y luego horas enteras contemplando los retratos de la pared.
Don Pedro sabía de su oficio de pintor. Incluso ya lucía con orgullo en las paredes de su almacén y dentro de su casa algunos bosquejos y paisajes pintados por Miguel. Este le había comentado también de las serias dificultades que estaba pasando, de la falta de inspiración, de la ausencia de creatividad, de que hasta ese momento habían logrado vivir, sino exclusivamente pero no en parte despreciable, gracias a la pintura y de los apuros económicos que pasaron cuando dejó de pintar. Por eso fue que sabiendo de sus aflicciones y de la búsqueda constante de eso que el joven llamaba inspiración, al principio no se preocupó por la ligera atención que comenzó a prestarle a Los Retratos. Al principio, como a todo forastero de paso, los retratos le habían dado cierta curiosidad, nada extraño, pensó Don Pedro, pero luego…

Las oleadas de enajenamiento, casi de trance, estaban resultando febrilmente fructíferas pues desde hacía una semana estaba produciendo a un ritmo intenso y vertiginoso, casi alucinante. Esto lo ponía eufórico, a veces irascible, a veces exageradamente cariñoso, en altibajos donde la acumulación de tensión y su descarga eran el circuito de donde brotaba su creación. Era extraño que lo que más lo abstraía no era el paisaje de los alrededores, ni algún domesticado “aleph” de la casa sino los retratos del boliche. Aparentemente alcanzaba con su contemplación para entrar en un estado de trance que podía durar horas. Curiosamente no era su compañera la que estaba más preocupada por la extraña ventana que había elegido su marido para sus exploraciones sino el almacenero. El buen hombre estaba visiblemente nervioso por esa inexplicable costumbre de su novel amigo de quedarse en larga contemplación, mientras fumaba distraídamente, tomando algún café –que aunque no era el express soñado bebíalo con verdadero entusiasmo- o saboreando alguna masa casera o simplemente haciendo nada, mirando nomás, ceñudo.
Cierto día que estaban solos Don Pedro le preguntó a la chica –A veces se porta algo raro su marido ¿no?-
-¿Por qué pregunta? A mí me parece bastante normal.
-Sí, pero eso de estar horas como sin movimiento frente a esos dibujos…
-Encontrará algo que lo atrae o que le llama la atención, por eso los mirará…
-Pero sabe, señora, no es bueno mirar tanto esos retratos.
-¿No es bueno? ¿Y por qué están ahí entonces?
-Están ahí para recordar, pero no para estarlos mirando como su marido, no es bueno.
La mujer estaba a esa altura bastante intrigada y preguntó -¿Puede saberse de quién son esos retratos?
-Los hemos ido juntando de a poco…-titubeó, incómodo- Es de gente que ya no está, señora.
-Pero los ha dibujado usted, sin duda, así que los conoció, estuvieron aquí…
-Sí, a la mayoría los conocí. Algunos vinieron, otros eran de aquí… Pero ya no están más, ninguno de ellos.
-¿Pero qué sucedió, no puede decirme, se marcharon, se murieron, qué les pasó?
-Simplemente se fueron, nada más y preferiría no hablar más del tema por hoy, por favor-.
Al parecer habían ido ya suficientemente lejos y no tendría más respuestas a su curiosidad, por lo menos por esa tarde.

A la noche, cuando le comentó a su compañero la charla con Don Pedro, éste contestó:
-Te dijo la verdad, es gente que se fue.
-Pero dijo que no sabía que había pasado con ellos, que solo desaparecieron…
-Es que no saben… creen que se los llevó el viento.
-¡Vamos querido! ¡El viento!
-Hay un viento, uno en especial, que sopla en días extraordinarios hacia Dos Ríos, esa tierra que se vé donde termina el horizonte. Ese viento, lo que trae consigo, su aroma, su fuerza, captura personas y se las lleva.
-¿Y vos crees eso?
-De esa gente son los retratos en la pared.
La mujer, ante lo que parecía no tener gran sentido, clasificándola quizás como absurda y poco creíble información, sonrió de forma un tanto nerviosa, como descargándose.
-¿Y quién te ha contado todo eso del viento?
-Fue Pancho, el veterano que estuvo limpiando los jardines. Pero no ha sido el único. También he hablado con Don Pedro sobre eso.
-¡No entiendo como podés creerles! ¡Y tampoco entiendo por qué estás tan obsesionado con esos dibujos! –más que enojo había resignación en sus palabras- Además fue el mismo Don Pedro el que me dijo que mirar tantos esos retratos puede ser peligroso.
-¡No me importa lo que diga ese buen señor! Estoy logrando con mis pinturas cosas que nunca antes había ni siquiera soñado. Mejoré mi calidad, afiné mi percepción, llego a donde quiero llegar… y todo eso gracias a esas ventanas, o puertas o retratos, como quieras llamarles. Recuerda además para qué vinimos y lo mal que pasamos cuando dejé de pintar. Tengo ya como quince bocetos que realizados, cualquiera de ellos, pueden significar nuestro mantenimiento de seis meses enteros o más aún. En ellos tengo nuestra deseada gira al exterior, mi fama definitiva y dinero por mucho tiempo. No tortures mis escapes solo porque paso un rato mirando unos casi inofensivos retratos en la pared.
-¡No es solo un rato, mi amor!- dijo ella, acercándose y tomándolo cariñosamente de las manos –Pasas horas enteras con la vista fija en ellos…-y agregó rápidamente-¿Porqué has dicho que son “casi inofensivos”?
-Porque hay algo en ellos que no sé…Es como si quisieran decirme algo… A veces parece que me llaman, que me dicen que existe un mundo sumamente bello y distinto y que si queremos podemos llegar a él…-
-¿Si queremos llegar…? ¿Yo estoy incluida?
-¡Sí, ambos! Pero luego me resulta imposible descifrar el resto… aunque he intentado continuar no he podido llegar al fondo de esos mensajes… -había palpable frustración en sus palabras-.
-Está bien- dijo finalmente ella, luego de un corto silencio. –En realidad no quise incomodarte, pero tienes que comprenderme si quieres que yo haga esfuerzos por comprenderte. Me he puesto nerviosa, supongo que innecesariamente, pero prometo no molestarte con mis inquietudes si me haces partícipe de tus impresiones y progresos, en cualquier lugar donde ellos estén –refiriéndose obviamente a sus pinturas o a sus reflexiones o a sus frustradas comunicaciones con los retratos-. Pensaba que la participación –aunque fuera como recipiente pasivo de las inquietudes de su compañero- podía ayudarle a hacer más llevadera la situación.
-¡Mi vida! ¡Por supuesto! Y te pido disculpas por aislarme tanto a veces, pero es que me encierro en ese mundo tan alejado de la realidad y tan mío que dejo de mirar hacia los costados, aunque tenga cosas realmente hermosas a mi lado –terminó sonriendo-. Tienes que ser tolerante con este pobre pintor que hacía tiempo que no sabía lo que era la inspiración.
Se besaron y esa noche rubricaron con sus cuerpos lo que sus espíritus y sus mentes habían dicho y sentido momentos antes.

Sobre la madrugada, Berta se despertó sobresaltada. Seguramente la había despertado el ruido de los truenos o las brillantes luces de los relámpagos. Estaba sola en la cama. Se sentó y vió la ventana del dormitorio abierta y a Miguel recostado en la barandilla, mirando algo a lo lejos. Se levantó pausadamente y ya junto a él le preguntó -¿Qué ves?
El se dio vuelta hacia ella pero no pareció sorprendido. Le sonrió y señaló –Allí amor, en el horizonte, rumbo la tierra que llaman Dos Ríos-
Ella miró. La tormenta era muy violenta y el fogonazo de los relámpagos iluminaban todo como un monstruoso flash fotográfico. Les pareció que llovía, allá a lo lejos, pues una cortina parecía enturbiar toda la visual.
-¿Ves algo?
Y vió…En el cielo, sobre la tormenta, había otro mundo, otra tierra, soleada y paradisíaca. Vió bosques, animales, poblados con  pequeñas casas de una planta y también vió personas. Todas parecían ocupadas en tareas relacionadas con el campo y no parecían darse cuenta de que eran observados. Pero luego sucedió algo extraño… en un raro efecto parecieron acercarse a la verde planicie que flotaba entre rayos, oscuridad y lluvia. Así pudieron observar de cerca los rostros de la gente que realizaba tareas allí y pudieron sentir la inmensa sensación de paz, la desbordante alegría interior que parecía surgir de la gente, de todas las cosas… y fueron vistos. Algunos de ellos, jóvenes, vitales, parecían gritarles…Era imposible escuchar algo pero sí entendieron las señas y ellas decían: “Vengan, vengan con nosotros, los estamos esperando…”
Quedaron muy impresionados, especialmente Miguel que hubiera jugado el mejor de sus cuadros a que había reconocido algunos de esos rostros.
Cuando se comenzó a disolver la tormenta, se comenzaron a alejar, se hizo más difícil mantener la visión y finalmente terminaron en la terraza, abrazados y con el cielo solamente cubierto de estrellas.

Se levantaron algo más tarde de lo habitual y no conversaron de lo que había sucedido la noche anterior, pues tenían el presentimiento de que habían vivido un suceso extraordinario, lo que los dejaba con la duda de si había sido realidad, o sueño o visión. Pero así se sentían, como flotando en un aire raro, distinto, algodonoso y placentero. De pronto Miguel dijo:
-Tenemos que ver los retratos. Te mostraré algo que me llamó mucho la atención.
-¿Qué cosa?- dijo ella extrañada, pues más correcto hubiera sido que le dijera qué no le había llamado la atención de la noche anterior.
Inmediatamente después del desayuno fueron al almacén. Como siempre, fueron recibidos cordialmente, aunque esta vez ellos estaban con la cabeza puesta en otra cosa o en otras cosas, para ser más preciso. Los Retratos ocuparon todos sus minutos desde el momento que Miguel le contó de sus sospechas. Y allí estaban… Ella nunca los había mirado propiamente hasta ese momento. Los rostros estaban en verdad bien logrados y contenían, ¡eso era!, una expresividad poco natural, como que trascendiera lo meramente visual. ¡Parecían decir algo! ¡Ahora entendía por qué Miguel estaba tan atrapado por ellos!
En tanto, éste solo contemplaba, hasta que tras un suspiro dijo -¿Ves aquel? ¿Y aquel otro? ¿Y este, y este y este otro…?- decía, a la vez que señalaba distintos retratos -¿No los recuerdas? ¡Estaban en la visión de anoche! ¡Son los mismos!
-Eso quiere decir que estuvieron aquí y de aquí pasaron hacia ese lugar, ese lugar que está sobre las nubes y entre el cielo y la tierra.
-Es difícil de entender. Para comenzar no me queda claro si lo de anoche no fue real…
-Yo lo viví como si fuera real-dijo ella- y esto no hace más que confirmarlo.
-¿Y si le preguntamos a Don Pedro o a su señora?
De pronto sintieron un carraspeo masculino detrás suyo. Ambos giraron su cuerpo al mismo tiempo, sobresaltados. No solo estaba Don Pedro sino también su señora, contemplándolos desde hacía quién sabe cuántos minutos. -¿Y qué desean saber?- les preguntó la señora.
Ellos se miraron y finalmente Berta habló –Solo queremos saber qué sucede…-Y a continuación les narró lo que habían vivido la noche anterior.
Al terminar la narración el que habló fue Don Pedro.
-No crean que sabemos exactamente qué ocurre. Tampoco es tan simple como parece, pues todo hace pensar que ese mundo que vieron ayer existe en realidad.
-Nuestra hija está ahí- intercaló la matrona.
-¿Su hija está en ese lugar? ¿Por qué? ¿Cómo la dejaron ir?
La señora aseveró –Esa tierra que a ustedes les pareció un sueño existe tanto como existe  todo lo que nos rodea  y es un lugar pleno de paz y felicidad. Por eso le permitimos ir a nuestra hija. Todos estos muchachos y muchachas han estado aquí, antes de irse o luego de estar allí y han conversado con nosotros lo suficiente como para conocerlos y todos ellos estaban en cierta forma desilusionados…parecía que habían perdido toda esperanza de encontrar un futuro que valiera la pena vivir. Pero resultó que en el fondo estaban dispuestos a comenzar una nueva vida en un lugar mejor… era eso lo que estaban esperando y eso fue lo que les ofrecieron los retratos y el viento. Los retratos son las ventanas, las puertas y ese viento extraño, liviano y perfumado que sopla en noches especiales, ese viento, los transporta hacia ese raro país, un lugar lleno de felicidad y armonía.
-¿Cómo están tan seguros de que ese lugar mágico es tan hermoso?
-¿Ustedes creen que son los únicos que pueden comunicarse con Los Retratos?
Nuestra hija nos visita cada tanto en sueños y charlamos, les contamos de nuestras cosas y ella nos cuenta de las suyas y así hacen todos ellos con sus familias, si aún tienen interés en ello y no es extraño que también ellos nos visiten y charlen con nosotros, así como están conversando ustedes ahora.
En ese momento Berta intervino –No entiendo por qué, siendo que ustedes son la pareja de veteranos más adorable que haya conocido, su hija los dejó para irse a… -se interrumpió un momento, faltándole palabras- …otro mundo.
Contestó la matrona, con lágrimas en los ojos –Ella era una criatura adorable, preciosa y tan tierna que siempre nos preguntábamos como iba a reaccionar ante el mundo de los hombres. Se fué a estudiar a la ciudad, pero su sensibilidad la hacía tan permeable a lo horrible de la gente que cierto día volvió y llorando nos dijo que no soportaba más. Toda la maldad que veía a su alrededor o en países lejanos, los robos, la pobreza y la miseria, el hambre de los niños en la calle, la injusticia, las guerras, la perversidad, todas esas cosas le estaban haciendo un daño enorme. Por eso decidió volver y por eso cuando le contamos que existía un lugar como el que ustedes vieron, el país donde vive la gente de los retratos, no dudó ni dudamos en que era la mejor opción, por ella y por nosotros.
 Esta vez Miguel intervino –No entiendo entonces porque ustedes no la acompañaron-
Fue Don Pedro quién le contestó –Nosotros ya estamos viejos y no hay nada que nos conmueva, ni guerras ni pobreza ni catástrofes. No solo estamos tan arraigados a este lugar que es impensable dejarlo, sino que alguien tiene que contestar las preguntas, las dudas y en cierta forma custodiar esas, bueno, puertas... –dijo, señalando a los retratos-. Nuestra principal preocupación era nuestra hija y sabemos que está en el mejor lugar en que podía estar y porqué no decirlo –dijo tomando las manos de su mujer- somos felices aquí y ustedes lo saben ¿Para qué ir a buscar la felicidad en otra parte si la vivimos todos los días?
-No sé qué decir- dijo Berta –Necesito calmarme ¡Estoy conmocionada!
-Yo también necesito aclarar mis ideas- dijo Miguel.-Quizás sea mejor irnos y reflexionar sobre todo esto aunque no deja de ser algo maravilloso. Saben qué, creo cada palabra de lo que dijeron porque ahora entiendo las miradas y los gestos de ellos –dijo señalando a las caras de la pared- y sé lo que hace tiempo están intentando decirme. Nos vamos, Berta, vamos a la casa.

Esa noche sopló el viento, ese viento maravilloso que con su tibieza envuelve las flores y los árboles y a algunas personas y que sopla hacia Dos Ríos, la tierra mágica. Solo le llevó un día a Don Pedro, con lágrimas en los ojos –seguramente de alegría y no de tristeza- dibujar los dos nuevos retratos y colgarlos en la pared.
                                     FIN